Memoria de Elefante

Disculpe, ¿cuánto me cobra a Cordano?

¿A dónde?

A Jr. Carabaya, Plaza de Armas.

El rincón de los cojudenses

En una esquina del Centro de Lima, un viejo portón de madera se alza con un cartel arcaico que anuncia “Restaurante Cordano”. Abierto desde 1905, se convirtió en el It point de los periodistas que buscaban la ultimita de Pardo y Barreda, Leguía, Prado. “Comamos en Palacio”, decían los escritores de las bellas épocas debido a su cercanía al actual hogar de PPK.

Verás que el título de “Patrimonio Cultural de la Nación” no se lo dan a cualquiera.

Un mundo ancho y ajeno, el cual ha visto cómo Belaunde se escapaba de palacio para darse un “gustito” y engordar a García con tacu tacu. “¡Paisanos!” se escuchaba cuando Martin Adán pisaba esta casa llena de memorias. Cordano lo vio escribir en servilletas, entre pisco y nazca.

Bajo del taxi, el olor a pichi me recuerda que he llegado al meadero de plata de todos los políticos peruanos: Palacio de Gobierno. El hedor de axila de un policía junto con el aroma del Chocomuseo son cosas que jamás deberían mezclarse. Fijo. Mis pies huyen por las calles húmedas. Mis dientes castañean por el frío al ritmo de un huayno que se escucha a lo lejos.

Caserita llévese algo.

Siento que me conoce de toda la vida. La paisa tiene llaveritos, monederitos, alfombritas de Alpaca. En el centro histórico de Lima, ciudad costeña, ciudad “moderna”, lo que le venden a los colorados es la sierra. Llego a la esquina, “Bar Cordano”, entro y las puertas rechinan anunciando mi llegada.

Oye, gorda, ¿y ya te tiraste al jefe?

Cojuda, ni que fuera la Juana.

Promoción 1975 del Colegio Fanning.

Chica es que… la vieja esa de la puerta… ¿Cómo se llamaba? Pilar, esa. Me paraba gritando por la falda.

Fernanda carcajea junto con Sara y Mercedes, las veces que las mandaron a dirección por quebrar el distinguidísimo código de uniforme fueron infinitas. Sus ropas asfixiantes y senos operados se mueven al ritmo de sus risas. Mantienen una confianza sin vigencia de expiración. Me pregunto si mis amigas y yo llegaremos así a la quinta década, espero que sí solo que sin tanta ayuda de bisturí.

Lenguas hambrientas y borrachas

1 botella… 2 botellas… 100 botellas… Vino, champagne, anisado, whiskey, pisco, cerveza, ron y vodka nos protegen del invierno. Con esto podríamos emborrachar a media facultad de comunicaciones. Me siento en una mesa frente a la barra y me saco el abrigo, es innecesario, me encuentro en el paraíso de un friolento.

Saltado de criadilla para el buen mozo.

Un cincuentañero sentado a mi derecha exalta sus ojos al ver cerro de comida que le sirve Aydee. Joao tiene la pelada recién lustrada, camisa roja con cuadros azules y jean desgastado, un look de hípster ebrio recién jubilado. Joao sonríe. Me mira y comienza a hablar de cómo Brasil ha vuelto a ser mais grande do mundo o por lo menos mas grande de todo américa. Lo escucho y asiento. Intenta falar español, se le complica un poco. Si él habla despacio yo comprendo, pero cuando se emociona solo me queda sonreír. No podría callarlo, no podría debatirle; por una parte, porque sé de técnica futbolística como de física cuántica y, por otra, porque debe ser difícil recuperarse luego de ver a tu selección (al amor de los amores) caer 7 – 1 en casa.

El entretenimiento es proporcionado por los cuadros que modelan a Testino y a Villarán, por las noticias enmarcadas y las narraciones de Víctor González Romero. La música es el tarareo de una mujer sentada en una de las mesas de mármol en armonía con las carcajadas de franceses, portugueses, ingleses y peruanos.

Tomar bebidas alcohólicas en exceso es dañino para la salud, anuncia un cartel. Nadie toma en exceso, toman lo justo. El tiempo se detiene, celulares ausentes, así como televisores y radio. Las personas envían emociones en lugar de emoticones. La tradición del lugar nos mantiene humanos.

Leyenda inmortal, mantenme vivo

Odilón López, el administrador, se encuentra sentado detrás de la barra mientras su panza ahorca los botones de su camisa. Mira a los comensales, sus ojos llenos de anocheceres muestran ojeras dignas de una gran resaca.

Señor, buenas noches, le molestaría si… — dije con una voz temblorosa.

Si quiere información, de frente y luego a la izquierda.

¿Por qué me mandó de frente con alguien más? Le hago caso y atravieso un salón amarillo lleno de aroma a café recién pasado. Una mujer trae en su mano izquierda una cartera Michael Kors y un pan con pavo en la otra (pero lo comía sin cebollita, bad). En la esquina, un hombre encorvado lee sentado a las calatas del Perú: Periódico El Bocón. Camisa blanco Ace, pantalones de muñeco de torta y lentes Chapatín. Cabellera azabache envidiable para muchos sexagenarios. Transpira masculinidad de antaño.

Pido permiso para sentarme. Él solo atina a mirarme de reojo, el silencio es su mejor amigo. Vive hace 35 inviernos de Cordano. Luego de la muerte de los dueños, él y cuatro trabajadores más se convirtieron en los dueños de este circo de hambrientos.

Aprendió a cocinar, lavar, administrar y a emborrachar, ganó una familia entre copa y copa. Sus manos temblorosas juegan entre ellas, mira el reloj, arquea las cejas. Dilata sus fosas nasales antes de hablar. Su mirada implacable ruega que termine este suplicio.

Tradición, así defino esta casa. — suspira, sonríe.

Gracias

Me levanto y regreso a mi mesa. Cinco minutos con él bastaron para saber que este hombre de pocas palabras vive y muere por su restaurante.

Miro el reloj, marca las 8:10pm. Cierran ventanas. Salen algunos mozos. Se despiden de cada uno, bromean. Odilón les dice a los comensales que cerrarán. Salimos por la puerta trasera. Todos deambulan por las calles. Yo no. Prendo un cigarrillo, espero.  Media hora después se apagan las luces, se cierra la puerta. Jr. Carabaya parece sacada de una película Western: solo se escucha el viento. Ahora, Cordano duerme como un niño engreído con memoria de anciano, pero sé que siempre tratará de mantenernos despiertos.

 

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